jueves, 6 de enero de 2011

El apartamento (capítulo 6)

En ocasiones voy a un restaurante indio y compro comida para llevar. Suelo pedir siempre lo mismo, pollo con espinacas. El hecho de comer espinacas no hace poner más fuerte, al menos a mí. Aunque a Popeye si le pone más fuerte.
Un día vi la receta del pollo con espinacas por Internet y decidí hacerla yo mismo. Con papel en mano compré los ingredientes en el supermercado y preparé la receta en el apartamento. Lo hice todo al pie de la letra (menuda expresión al pie de la letra) El resultado salió bien pero era diferente al del restaurante. Ellos le ponen más espinacas.
Tenía en un cazo la comida lista para servir pero me dí cuenta que se me habían olvidado hacer patatas. La idea era acompañar el manjar con patatas al horno.
Me daba reparo ponerme a hacer la patatas y como vivo en el centro a dos minutos del supermercado, dejé la comida tapada y bajé a comprar. En el supermercado hay una zona al lado de la carnicería (si vas, es al lado de la carnicería) donde hacen comida para llevar y muchos días tienen patatas al horno. Allí estaban las patatas y también tenían lasaña recién hecha de la que me enamoré nada mas verla. Quería lasaña y patatas. La primera me la comería por la noche y las segundas con el pollo con espinacas.
Ponme la lasaña y patatas, le digo a la dependienta.
¿Te lo pongo las dos cosas en el mismo recipiente? pregunta la trabajadora.
No, no. Las quiero separadas, le digo.
Pero junto te va a salir más barato.
Es igual, le respondo.
¿Quieres que te lo ponga junto? vuelve a insistir.
¿Pero? pienso. No, lo quiero separado, le vuelvo a decir.
Así te sale más caro, me dice
Me da igual el precio, le respondo.
En esté sito deben estar acostumbrados a poner las patatas con la comida que han preparado ese día en el mismo recipiente. Al menos, eso es lo que deben pedir normalmente los clientes. Con tanta insistencia me estaba empezando a subir la sangre a la cabeza. No tenía ganas de contarle el porqué quería las dos cosas por separado, yo solo quería coger la compra e irme. No tengo porque dar explicaciones. ¿No sé por qué tienen que poner en duda mis deseos? ¿No es el cliente el que siempre tiene la razón? Encima cuando le dije lo que quería me miró con cara de tu eres tonto, así te sale más caro.
¿Estás seguro? pregunta por última vez.
Si, le digo, inflando el pecho y con la cabeza alta.
Por fin prepara lo que quiero y antes de dármelo lo pesa y me dice el precio para que dé el visto bueno. En ese momento tuve pensamientos agresivos, violentos, desgarradores, feroces, bruscos, virulentos, belicosos hacia su persona.( No veía más adjetivos en el diccionario). Los pensamientos eran internos pero por fuera estaba sonriendo pero con los dientes apretados. Doy el visto bueno cojo el pedido y me marcho aliviado por conseguir lo que quería, aunque me costó conseguirlo.
Llego al apartamento saco lo comprado de su bolsa y pienso:
¿A que junto la lasaña con las patatas? Pero al final no lo hice. Hubiera sido perder la batalla ganada

 

 

 

 

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