jueves, 25 de octubre de 2012
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En la ciudad
Necesito olvidarme por unos días del pequeño pueblo donde vivo, romper la monotonía, la tranquilidad. Voy a ir a la ciudad a pasar dos noches. Necesito respirar, aunque sea con un poco más de CO2. Necesito estar en un sitio donde no me conozca nadie.
La ciudad es diferente al pueblo. Es más grande. Por la calle, veo a una mujer bailando y cantando mientras anda, cosa que no había visto nunca en el pueblo. También he visto a un hombre escribiendo con una tiza en el suelo y otro chillando por teléfono. Hay multitud de gente andando por la calle, muchos coches y me pierdo cuando entro por error en unos grandes almacenes, no sabía como salir.
Mirando hoteles en internet, no quería dormir en la zona más pobre de la ciudad pero al final lo he hecho. Quería un hotel barato y no lo he podido encontrar en otra zona.
En la recepción del hotel no puedo pagar con tarjeta. Me parece raro, en el hotel del pueblo si se puede pagar con tarjeta.
Andando, llego al rio y aprovechando el calor del sol, me siento en el suelo en vez de en uno de los bancos. Embobado, observo el caudal de agua pasar. En el pueblo no hay rio.
Una señora me echa unas monedas al pasar. Que generosa ¡Gracias señora!
Con dinero de más, voy a un restaurante. Me apetece comer sopa, pero al final no la pido porque he visto una berenjena rellena y me he enamorado de ella. He pedio la berenjena y ensalada. Hubiera sido demasiado pedir la sopa, pero me gustaría saber si está buena.
En el restaurante hay una chica sentada frente a mí. Parece que está estudiando porque lee un libro y de vez en cuando escribe en un papel. Está comiendo sopa.
Es morena, pelo liso, media melena, 1m y 65cm de altura, cincuenta y ocho kilos de peso y parece tener los ojos claros.
A veces nos miramos. Yo la miro y ella me mira. En la última mirada se me ha ocurrido sonreírle y me ha devuelto la sonrisa.
¿Significa esto algo? ¿Debería levantarme y decirle algo? ¿Será una mirada con sonrisa la llave de la puerta al dialogo?
De momento, no actúo, sigo en mi mesa.
Ahora cuando la miro, ella escribe o mira por la ventana o se lleva la mano a la frente como si pensara o come sopa.
Me gusta su cara. Me gustaría hablar con ella y preguntarle si está buena la sopa.
¿Por qué me mirará ella? A lo mejor quiere saber si está buena mi berenjena.
Ha habido otra mirada y otra sonrisa.
Apunto he estado de levantarme e ir a su encuentro, pero me he contenido. Me ha dado la sensación que al hacerlo inmediatamente, sería como un águila el cual levantaba su vuelo nada mas ver a su presa.
Sigo en mi mesa comiendo.
¿Por qué no viene ella a decirme hola?
Acabo de comer y decido irme pasando por su mesa. Al llegar a su altura, me mira y me sonríe otra vez.
No me puedo ir sin musitar palabra y sin saber si está buena la sopa.
Hola, le digo
Hola, responde.
Me siento en su mesa sin pedirle permiso y empezamos a hablar. Se llama Magdalena y está estudiando francés.
“Perdona, pero me tengo que ir”, dice.
¿Ya? digo
"Has tardado tanto en decidirte a venir que se me ha hecho tarde”
“¿Por qué no ha venido tú ha hablar conmigo?”
“¿Yo? Tú estás loco”.
“¿Te vienes mañana a un museo?” pregunta
“Bueno”, le digo.
“Entonces, hasta mañana”, dice dejándome su número teléfono.
Estoy sorprendido, esto no me había pasado en el pueblo antes y se me ha olvidado preguntarle sobre la sopa.
Continuará…
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