jueves, 1 de noviembre de 2012
En la ciudad II
En el museo hay una exhibición de un artista que desconozco. Es su escultor favorito. Las esculturas son todas de color negro. Hay con forma de huevo, otras con forma de pájaro, otras con forma de mujer y de bicicleta.
La pieza más valorada del museo está en el medio de una sala blanca. Es una escultura en forma de montaña de color negro, de metro y medio de alto, con un agujero en el medio y en este, una mano también de color negro Cuando Magdalena la ve, se emociona, se para nada más verla, se tapa la boca con las manos y respira fuertemente.
Estamos solos en la sala y Magdalena parece que está sufriendo un ataque de asma.
Cuando se le pasa el ataque, mira la escultura de arriba a abajo, da vueltas sobre ella, parándose, observando todos los detalles, está alucinada. Yo si que estoy alucinado.
Nunca he visto nada tan bello, ¿Ves la armonía?, ¿la percibes? Es la obra perfecta.
¿Qué te parece? Pregunta entusiasmada.
Horrenda.
Dame tiempo, digo.
Tómatelo, tómatelo, dice excitada.
¿Ahora qué le digo a esta?
Con mi mano en mi barbilla, como pensando profundamente, me acuerdo de un día que tuve diarrea durante toda la noche, lo pasé fatal.
Solo se me ocurren adjetivos descalificativos y no se me ocurre nada positivo.
Me parece…… es…
Si, dice ella delante de mí esperando la respuesta.
Es….. umm…no sé que decir. Al final digo:
No tengo palabras.
Guau! Dice ella. Esta escultura suele dejar a la gente sin habla.
Es alucinante. ¿Percibes la energía que desprende?
¿Qué?
¿Percibes la energía?
Si, si, claro que la percibo.
Siento que tú y yo estamos conexionados, lo noto. La energía fluye por nuestras conexiones, ¿lo notas tú también? Pregunta poniendo sus brazos en mis hombros.
Claro que lo noto.
Sus ojos irradian felicidad, lo mismo que los míos y nos besamos dejando a la energía que fluya por las conexiones esas que tenemos.
Continuará……
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